Y diole la mano al duende.
Siete sillas de pata de acebo
profesaron.
Y, al sentarse monjitas de
clero,
de tanto pajarear,
a una nave especial,
lista,
para bien llevar al sur de los
Dardanelos
a un soldado de miga de pan,
que antes fuera palomero,
le impidieron
despegar
Y diole la mano al duende.
Reflotaron una planeadora
de corte de halcón
con relumbres de cielo,
y al soldado de miga de pan
le ofrecieron
volar,
esta vez,
al estrecho de Bab el-Mandeb
con tan solo una misión
la de contemplar la silla
de pata de acebo
desde la que peroró
el que dijo que le daba igual
ser rico o no tener un real.
Y diole la mano al duende