Venían dos que no sabían decir buenos días,
porque, de chicos…, bueno, el caso es que no lo habían aprendido. Ahora que,
gilipollas, les salía del alma con entonación de barítono en Ofelia, y en eso
se entretenían, en llamarse gilipollas uno a otro, total, que se sentían muy afortunados, ya que, lo de buenos días se
les resistía, en cambio, la palabra más descangallada y precisa la dominaban como
el correo del zar el galope de los caballos; a las mil maravillas.
