La tarde desplegaba una armonía de colores comparable a cuando en el Pescuezo de la Barca el sol se resistía a echar las últimas bendiciones del día, todas las fragancias se condensaban en los vapores que a esa altura del crepúsculo exhalaban los tomillares próximos, Regina la del Tordo iba que no podía más con aquellos alcorcones que todavía conservaba de la época en la que, allá por los años en los que un argullón amenazante, el del casino, amagaba con llevarse por delante medio pueblo, cuando al alborear la nueva jornada de trabajo en la recogida de las aceitunas se los calzaba con parsimonia mientras se embutía en aquellos andacapadres que ocultaban las prendas preciosas que como el justillo, el viso o las senaguas entraban más en comunión con su cuerpo de amazonas, aún lozano y juvenil. Esta tarde se la veía azorada como la que va del zoqui al coloqui o, puestos a suponer, quién sabe si lo que le pasaba no era que, tal vez, se dejó las coles secochándose en la olleta, arrimada a una buena chosca, y, de buenas a primeras, le sobrevinieran los temores de encontrárselas escaldadas, recochas o hechas socarrina. Tan a trompatalegas andaba camino de su casa que no atendía a razones y replicaba a cada interpelación con un aspaviento distinto cuando algún convecino se dirigía a ella con estas palabras:
- Regina, vas desatinaíta, hija, ¿te pasa algo?; o, con otras distintas, pero que en el fondo no querían decir nada que no fuera lo mismo chispa más o menos:
- Llevo toa la vida navegando y no me había topado nunca con ninguna pericotona que fuera tan escalentada por la calle como velay vas tú ahora mismo, Regina.
Más adelante, alguna, como la que le dicen Pringue Lomo, se quedaba murmurando al paso de la del Tordo con otras vecinas tan aparpaoras como ella:
- ¡No quiero ni pensar los apaños que tendrá Regina en su casa!, juraría, si jurar fuera mi costumbre, que no lo es, que lo habrá dejado todo al banduendo: los calcetines desparejados, una cosa aquí, otra en el Pilarito, las buceras de la lumbre sin limpiar, incluso, fijaos bien lo que os digo, no me extrañaría nada que, antes de salir a escape de casa, se hubiera dejado hasta la olleta a la lumbre; a lo que una de su mismo círculo añadió, también:
- ¡Volverá de ve lo que le iban a dar, la entretenía colorá!
- Sí, ja, ja, ja, ja, ja..., se reían todas; o de procurar los moldes del chocolate, añadía otra que tenía la costumbre de beber a buza en la fuente de la Teja, alimentando con su ocurrencia el jolgorio que se había armado.
- Mejor sería que se hubiera quedao en casita engüerando la pava, ¿o no?, opinaba una que tenía en la mano un cavonche de mango corto, sabiendo que las demás no echarían mucha cuenta de lo que ella decía.
- ¡Mujé!, intentaba poner un poco de cordura una que, aparentemente, tenía más asiento que todas las demás juntas; no os riáis, que puede que le haya entrao una estandurria y no llegue ni a donde las cantareras.
Las carcajadas en ese momento se tornaron tonantes y se escucharon más allá del cuévano de Cantarranas; el caso es que entre unas y otras la estaban poniendo de peste gimiendo.
- ¡Habráse visto, cómo es Regina!, y luego, no le faltará atrevimiento para decirle a sus hijas; niñas, mucho cuidadito, que estáis por ahí todo el día rocheras, ¡eh!, ensayó a pronunciar de nuevo la primera que habló, que era una de las más lenguaratonas del grupo, la que respondía al desafortunado mote de Pringue Lomo, porque la verdad era que esa parte del guarro casi que no la cataba.
Alivióse Regina del Tordo de las urgencias que la llevaron hasta los corralones de su casa, no sin antes untarse una sustanciosa rebanada de masilla de berbajo sobre las suelas de aquellos alcorcones, que tanto dificultaban su particular manera de caminar, al meterse de patitas en el comedero de los guarros en un intento desesperado de saltar a pídola, cual cabra galocha, para salvar de un atrancazo el dornajo que sobresalía a su paso, donde los gorrinos bazuqueaban hasta apurarlo aquel barrillo que tanto lustre les prestaba a sus cuerpos; Regina salió con bien de aquel contratiempo, vamos, que no se rompió la cabeza por muy cerca que estuviera de hacerlo, y es que, a esta mujer no se la escalabraba ni a la de tres, sin embargo, el rastro de sus alcorcas embarruscadas quedarían marcadas en el suelo por los siglos de los siglos o, mejor dicho, solo momentáneamente, justo, hasta que los cochinos, que no son tontos, descubrieron el sabor a berbajo de aquellas huellas; pero, antes de apartarse el refajo y proceder a bajarse las bragas a modo, adoptando la postura más a propósito para estos menesteres, la del culo en pompa, tuvo que pasar por un último suplicio, el de tener que espantar a una piara de cochinos gruñones con ansias de desbaratarle la fiesta, si es que por juerga se pudiera tomar el redoble de tambores que Regina estaba a punto de soltar; y el de asustar, también, como fuera, a un grupo de gallinas esparramaoras; cluecas unas y, otras ponedoras que, con el gallo a la cabeza, no tenían ningún reparo en dar picotazos a diestro y siniestro a la pobre mujer ni, desde luego, en clavarle, además, el espolón en algún sitio inconveniente, en lugar, por ejemplo, de hacerse las que no han roto un plato en su vida pasando por ser lo que no eran; unas pavarusas a las que ni el cacareo les salía del cuerpo en condiciones, con que, en aquella coyuntura, Regina no se lo pensó más, agarró la vareta de acebuche que encontró más a mano, que fue a ser la más larguirucia de todas, la que cualquiera podría haber confundido perfectamente con una alabarda de las que las tropas del duque de Alba manejaban en Flandes y, con aquel arma de largo alcance, se puso a repartir mandobles por doquier, ahora azoto la sortija del hocico de los guarros para que aprendan lo que es bueno, ahora desplumo a una gallina, hasta que, en menos que canta un gallo, se quedó sola y libre de aquellos cansinos y malhadados animales que no la dejaban ni resorgar, momento que aprovechó, como la mujer que conoce muy bien el percal y es avispada y ducha en lances de este tipo, para cumplir con el destino que la vida le deparaba en aquel momento, el de apartarse sin demasiados miramientos el viso y los paños finos del vestido de las trescientas florecillas azules que formaban parte de su indumentaria desde tiempos inmemoriales y, el de retirar a tiempo el culero, ya que, del acierto en estas tareas de poca monta dependía que la pobre señora del Tordo se pusiera cual no digan lenguas, es decir, hecha un santo cristo y, que, hasta los escarabajos peloteros prorrumpieran en estampida al descubrir qué camino tomaban las bengalas, o que, en aquel establo se reequilibraran los nuevos olores mezclándose con los perfumes de antaño y doña Regina recuperara su ser perdido; por suerte para todos, las primeras explosiones no hallaron a su paso más barreras que obstaculizaran la mercancía, que tan sonoros repiqueteos anunciaban, que no fuera la esperada; la de un cálido suelo cubierto de pajas que cubría toda la estancia, de un grosor equivalente al formado por cinco monedas falsas de cobre de diez reales cada una que se hubieran montado unas encima de otras hasta completar el cupo. Hizo de cuerpo a la manera de las mulas maneás, dejando chorrear sus fluidas deposiciones sin prestarles mayor atención en un apartado rinconcito del lugar, junto al equinoccio de invierno como le bautizó Orellanita, su hija mayor y, antes de atalajarse de nuevo y recomponer convenientemente su figura para no parecer una farraguas de las que concitan el desprecio general de lo mal puestas que van cuando andan por la calle; dio en pensar en cuando de moza iba a las aceitunas, que salía al alba, contrariando su natural inclinación a no despegarse de la cama hasta que el sol no anduviera ya tocando las partes medias de la bóveda celeste y, ajustándose por el costado del Pilarito a lo que se ha dado en llamar la zona de media campana para arriba; mientras duraba la recogida de la aceituna las mañanas de Regina no se caracterizaban por ser demasiado rutilantes, más bien cabría considerarlas como monótonas y rutinarias; aún dormida, regaba el garguero con algo caliente, nada especial, una medía de las del asa en tenguerengues de café de pucherete con una gota de leche que su madre tenía la precaución de calentarle para que no se fuera a la labor con el triste consuelo de llevar la boca seca sin haberle sacado provecho siquiera a un regordo de los que a estas horas ya despachaba Anuncia, la de la frente atravesada por una cicatriz, de cuando de chica se cayó del murete que rodea la plaza por la parte que mira al casino, a una distancia no superior a cinco metros de la fuente octogonal renacentista que tanto sabor le da al pueblo; algunos herrereños llegan a decir, incluso, que si todo el entramado de casas y calles del pueblo formara parte de un castillo medieval de murallas almenadas y poderosos contrafuertes, con su foso y su torre del homenaje, la fuente ocuparía, sin lugar a dudas, el lugar más distinguido, el correspondiente al patio de armas; pero estas elucubraciones no dejan de ser solo salidas de pata de banco de algunos lugareños en las que no conviene enjuagarse las manos, a no ser, que queramos perder de vista el curso de los pensamientos de Regina rememorando los días, ya idos, de la recogida de las aceitunas; el camino hasta los olivares, por lo general, era largo y tortuoso pero, como lo andaban en compañía, resultaba propicio para enterarse de las novelerías que se iban sucediendo, aunque, muchos amaneceres eran tan fríos que les congelaban hasta el aliento y les restaba poder de comunicación; ni ganas de abrir la boca para pronunciar una palabra les quedaban a muchos, Regina entre ellos, cuando el grado de congelación les empezaba a llegar a los huesos. Los aceituneros altivos se juntaban en los soportales de la plaza con las mulas y los burros aparejados y, en los serones los seros, dispuestos a afrontar otro día de perros como Dios les diera a entender, desde allí, por grupos, según el camino que llevaran emprendían la marcha hasta ganar cada uno su olivar, los que tenían la suerte de tenerlo cerca llegaban pronto pero, los que, como Regina, lo tenían en el quinto pino, echaban media mañana antes de empezar la faena, a medida que iban avanzando el grupo se iba reduciendo, hasta que, ya, al final, el último tramo del recorrido lo tenía que hacer cada aceitunero por su cuenta o, en la compañía exclusiva de los pocos que iban a recoger las aceitunas del mismo olivar.
Regina y su prima Indalecia, apenas traspasaban la talanquera del cercón grande circunscribían todo su afán a sacar adelante una lumbre que aventara lo más lejos posible el frío que sus cuerpos habían acumulado durante la larga caminata, el olivar estaba situado en plena umbría, ni un solo rayo de sol por díscolo que fuera se apartaba de su haz primigenio para abrirse paso por entre la enramada de los olivos de la ladera del monte en la que estaba situado el olivar, así que, para ahuyentar la carama y mitigar el efecto que la helada sotarriza producía en los aceituneros nada mejor que encender una lumbre que no se la saltara un galgo; acarreaban retamas y chamarascas atacadas por la helada, así como también los mamones secos que cogían de los montones que habían ido formando, aquí uno, más allá otro, los jornaleros que fueron a desmamonar el olivar el año pasado; a Regina e Indalecia la práctica les había enseñado cuál era la mejor manera de disponer la leña para prender fuego; desde luego, no tenían que apilarla como cuando componían los haces para llevar una carga de leña al pueblo en la burra, ni buscarle las vueltas a las ramas retuertas como dice el refrán, sino que, en un lugar a propósito seleccionado de antemano formaban un universo con un tronco grueso, el trashoguero, como acostumbraban a llamaarlo, que tuviera la virtud de aguantar y conservar el calor durante todo el día y, compuesto además, por ramas de distinto grosor y procedencia que encendían, no con poco esfuerzo, recurriendo a hornijas, chascas y retamas menudas que hicieran las veces de chispa que prende la mecha para que, por el efecto del contacto, transmitieran el fuego al resto de la leña hasta formar una lumbre en condiciones; así contado parecería que era todo soplar y hacer vaso, pero, sí, sí, con la escarcha que todo lo invadía en aquellas mañanas invernales la operación resultaba casi tan complicada como la de poner la última piedra del Escorial sin que todo el edificio se viniera abajo; para colocar como Dios manda las ramas de la lumbre no era preciso graduarse en letras olvidadas por la universidad de Salamanca, ni muchísimo menos, lo cual no quiere decir que no requiriera su ciencia porque, si se amontona la leña a lo tonto lo bailo se puede ahogar la llama y entonces es cuando; Indalecia, que era la más dispuesta a salir por donde las tres cruces se ocultan en la noche oscura decía:
- “Cucha, Regina, pa que una lumbre se ponga arriscá como un jarrillo lata tiene que hacé chimenea pa que respire bien”
- “Menúa cachajienda, Endalecia, acabas de meté la jurria en to el rento, hija”.
Indalecia, no por recordar lo que Regina sabía perfectamente sobre cómo convenía distribuir los palos para que la candela diera en ser una fogata grande y hermosa, dejaba de tener razón, la prueba está en que tanto una como otra se aplicaban a disponer la leña formando un cerrillo de ramas sueltas y leños relativamente separados unos de otros, para que el fuego encontrara los resquicios por donde tirar buscando el oxígeno del aire antes de desplegar a toda vela una hermosa llamarada azul que sería la envidia de los olivares limítrofes; las dos mujeres no se planteaban ya ni siquiera el lugar donde encenderían la candela, la pondrían en pie como de ordinario en el lugar acostumbrado, al amparo del muro de albarrada de la linde, con tal de poderse arrimar para entrar en calor tras recorrer el largo camino de por la mañana y poner coto a su vera a las bromas de mal gusto que les gastaban los sabañones en aquella época del año o, recuperar el juego natural de los dedos cuando les resultaran ya unos forasteros desconocidos, tiesos como virotes, e incapaces de sentir nada de tanto rebuscar las aceitunas que se hubieran escapado de las mantas entre los hielos quebradizos del suelo para ir echándolas en los seros; el vareador, Losange, que dominaba el oficio mejor que nadie y se hacía el gallito delante del rejotrío que armaban las mujeres, decía cosas como:
- “Hay que ver que estáis desatinaítas con el golondro de la lumbre” o, “menúas galgas merenderas sois vosotras que atendéis a to menos a lo que tenéis que atender”;
- “Estás tú habiao”, le contestaba Indalecia; a la que, entre otras cosas de menos sustancia, muchos llamaban Isidora Duncan; que era más de contestar que su prima y que las otras que estaban a tantas aceitunas cojo, tantas me pagan.
- “Como eche mano de la vara vais a correr toas pal mismo lao”, saltaba Losange cuando mejor le parecía para que se rieran todas a mandíbula batiente; a pesar de presumir de ser poco friolero, cuando se percataba de que no estaban muy pendientes de él se arrimaba a la lumbre como lo hacían la que más y la que menos, Losange estaba muy puesto en varear aceitunas, mas, con todas y con esas, le había cogido afición a decir:
- “De aceitunas una, y si son buenas media docena”, no queda constancia en los anales de la historia de los vareadores de dónde sacó ese chascarrillo pero, se conoce que lo aprendió en jueves porque, no lo dejaba ni aunque se le aflojara el paladar.
Regina se hace cruces con tan solo imaginar lo impetuosa que ha sido al atreverse a dar aquel salto por encima del dornajo que a punto ha estado de dejarla inútil para toda la vida o, si no, al menos, de descalabrarla pero, como no quiere regodearse con lo que pudo haber sido y no fue, retira la mirada hasta los gorrinos que merodean cerca del brocal del pozo y acaba concediendo que tienen más pesquis que muchas personas, sobre todo, se reafirma en su opinión, al percatarse de que están rebañando el berbajo que sus alcorcas repartieron por el suelo y de que lo hacen con una aplicación tan desmedida que lo están dejando todo más limpio que un jaspe, y eso, a pesar de que al pasar por allí tan a zocotrompo lo había puesto todo peyendito de ese berbajo pegajoso que daba no sé qué mirarlo, mas, tampoco se deleita por mucho tiempo en la escena que transcurre a sus pies, ya que, está que no se le cuece el bollo por retomar el hilo de los días hermosos de su mocedad pasados en aquel olivar cuando iban a la recogida de la aceituna durante unos inviernos crudos como ellos solos; aquellos sí que eran inviernos de verdad y no como los de ahora que más que inviernos parecen primaveras, musitaba para sí misma, Regina, con la felicidad reflejada en el rostro, después de haber pasado ya por aquel trago tan engorroso de tener que ir zumbando a la cuadra; y, se lo remachaba a sí misma con tal vehemencia que, por un momento, temió haberse vuelto loca, al dar por bueno, equivocadamente, por supuesto, que estaba hablando ella sola en voz alta; y, luego, tras este pequeño aturdimiento, siguió recordando: de vuelta a casa entraban por las últimas callejas del pueblo, desempedradas y perfiladas por los muros de adobe y piedra de los corralones, de las cercas y cerquillas a un lado y a otro del estrecho desfiladero por donde, necesariamente, tenían que pasar; algunos de sus muretes y antepechos estaban remozados, aunque, por regla general, sin enjalbegar, y otros, la gran mayoría, tenían toda la apariencia de estar a punto de derrumbarse, aquejados por los males que produce la intemperie cuando cae de soslayo sobre los cantos del cercado: hundimientos, desplomes y, fundamentalmente, muchos portillos que, cada poco, dejaban ver los intríngulis que se escondían al otro lado de la barrera; casi todos estaban rematados con bardas aparatosas, de matojos y espinos, de torvisco y pajas, de sarmientos y maleza en general, afirmadas fuertemente a las tapias con barro reseco, aterronado y huidizo, y piedras de mediano tamaño; las paredes de aquellas callejuelas angostas y mal aparejadas estaban salpicadas con portalones de doble hoja de hierro, selladas con unos enormes cerrojos pasados por sus correspondientes armellas que estaban ya orimientos; debido al paso del tiempo y a su continua exposición al poder destructivo de la naturaleza.
Desde antes de entrar en aquellas tortuosas callejuelas se apreciaba ya el olor inconfundible del aceite recién extraído de las aceitunas que, ni por un momento, les abandonaría ya hasta que llegaran a sus casas; no cabía duda de que el viejo molino seguía exprimiendo las aceitunas a satisfacción y estaba todavía en condiciones de seguir molturándolas, a saber por cuánto tiempo, porque ya era mucho el que llevaba en funcionamiento y los años no pasan en balde ni siquiera para los viejos molinos que están al resguardo del castillo; por lo que decían los que más saberes amontonaban sobre el asunto, aquel añoso y derrengado molino no era como todos los demás, ¡qué va, ni muchísimo menos!, ya que, para extraer hasta la última gota del jugo de las corniches, por ejemplo, esas aceitunas alargadas a las que el abuelo de Regina y muchos otros del pueblo llamaban cornicabras porque, decían, que eran un calco de los cuernos de un macho cabrío; se pintaba solo; a Regina, en ese momento, se le vino a la cabeza la imagen de la almazara, espaciosa y bien orientada, donde la muela de piedra ocupaba un lugar de privilegio y las bodegas del aceite y las balsas de alpechín tenían cabida también, aunque, algo más a trasmano, en unos rincones bastante más desairados; el troje le llamaba mucho la atención desde pequeñita, sobre todo, cuando volcaban los seros rebosantes de aceitunas brillantes en los algorines tras sacarlos de los pesados serones y descubrir en la báscula el verdadero alcance del peso que, con indecible esfuerzo, habían tenido que soportar las pobres caballerías salvando puertos y cantiles desde lejanos olivares y teniendo que pasar por esos andurriales dejados de la mano de Dios hasta llevarlas a su destino definitivo; también recordaba lo que le decía el molinero, Gume, al que fuera, en broma, naturalmente, cuando echaba las aceitunas en el algorín:
- “¿Dónde vas con ese condeclaro, hombre, pero si paecen propiamente acebuchinos de lo menuíllas que son”.
- “¡Pero qué dices, Gume, si son las aceitunas más gordas y retortoyúas a las que le hayas echao el alto en toa tu vida”.
Aquel perfume embriagador y un tanto dulzón del aceite que, cuando el viento era propicio, se adivinaba desde antes de llegar al Pilarito, se iba intensificando a medida que se acercaban a la plaza porticada de un inequívoco aire medieval, pero había que estar muy hecho a su aroma para distinguirlo del que despachaba el orujo que, al ser más untuoso y desagradable, se comía al del aceite, transparente y señorial, a bocados, y lo dejaba en casi nada, al menos, para los poco avisados. Regina, después de rememorar con todo lujo de detalles lo del molino de aceite, quería regodearse y traer al presente algunas de las conversaciones que se sucedieron en aquel olivar de helados amaneceres, en las que participaron entre otros su prima Indalecia, Isidora Duncan, Losange, el vareador, y algunas de las jornaleras de las de tantas aceitunas coges tantas aceitunas te pagan, y, naturalmente, ella misma, que, como dicen algunos, no conviene dejar al mejor bailarín sin castañuelas, aquellas mujeres se ganaban la soldada recorriendo con los dedos ateridos y a punto de congelación la superficie escarchada de las mantas para recoger las aceitunas de hielo recién apeadas de los árboles por el azote certero de la vara de Losange, que estaban desparramadas y repartidas con el más absoluto desorden por todos los rincones de la tela, ahora bien, las que derrumbaban a las mujeres con más virulencia por efecto de la nieve y el frío eran aquellas aceitunas díscolas que se escapaban de las mantas para encontrar un efímero refugio entre los hierbajos convertidos en chuzos de punta por la helada acumulada de muchos días seguidos con temperaturas bajo cero, que había que recoger del suelo hundiendo el brazo casi hasta la altura de los codos, además, tenían que moverse por una ladera umbría con una pendiente muy repentina, esportilla viene, esportilla va, hasta llenar un sero, momento que aprovechan para enfriar los pulmones con el aire gélido del olivar y dar la voz de salida para llenar otro y otro más, y así sucesivamente hasta apurar el día. Las conversaciones que Regina quería traer a colación en las presentes circunstancias no eran muy enjundiosas, porque casi ninguna de las mantenidas en aquel cercón lo eran, salvo algunas, muy pocas, en las que el tema, generalmente insustancial, derivaba por unos derroteros en los que en estos momentos Regina no se quería adentrar de ninguna de las maneras, como ocurrió, por ejemplo, cuando Rosa, la del Morro, le fue a decir, después de darle no pocos rodeos al asunto, que Sebastián, al que ella miraba con muy buenos ojos, se había puesto a hablar con Emiliana, la hija de Pedro el afilador; al enterarse Regina de que esta relación transcurría por sus propios cauces se contuvo y no se lanzó como un resilote de puro milagro pero, lo que sí hizo fue armarse de valor y poner el grito en el cielo delante de toda la cuadrilla, con que, si, ¡vaya usted con Dios!, con la de tiempo que llevaba ella detrás de ese mozo y, sin embargo, no había sido un hombre chapado, uno de seso y peso como para confesarle siquiera el apaño que se traía entre manos con Emiliana que, por otra parte, no daba de sí ni para coger unas alforzas a un vestido de percal o, con que, si, seguramente, a Sebastián le habría tenido que dar un mal aire que le había torcido las aficiones, porque, si no, no se explica, y que, como consecuencia, le había vuelto del revés llevándole a poner punto en las cabezas que no entran en chaleco como, velay, la de Emiliana que, más parecía un calabazón del agua que otra cosa o, incluso, con que, si, lo que le zumbó en su interior hasta dar en la flor de alterar su voluntad fueran, probablemente, unos cuatrines que tenían los padres de Emiliana debajo del baldosín que tal vez podrían hacer de él lo que indudablemente no era.
Regina no se habría jugado ni un frasco de colonia madera de oriente a que las conversaciones que pasaban por su mente coincidían al ciento por ciento con las que se produjeron realmente en aquel olivar durante sus años mozos, intentar sostener lo contrario era sencillamente como a ella le gustaba repetirse a sí misma, “ganas de ganear”, ya que, ateniéndose a sus propias observaciones personales había deducido que si a las piedras, con lo durísimas que son, las ataca el paso del tiempo con ese furor, cómo podría ser, en cambio, que charletas intrascendentes como las que se sucedieron en aquel olivar hace tantísimo tiempo se conservaran en la memoria de una persona sin cambiar ni una coma de su sitio, a lo sumo, surgirán, como destellos, retazos deshilvanados de aquellas conversaciones que, a saber por qué, habían perdurado más que el resto del discurso, como aquella mañana de perros en la que a Dacia, una que luego se casó con el de Sardina, se le ocurrió decir:
- “Hoy paece que estáis toas alegonás, ¿es que ninguna me va a preguntar que si esta noche he soñao con los angelitos?”
- Sí, mujé, yo misma te lo pregunto, ¿Dacia, has soñao esta noche con los angelitos?, se hizo eco de la pregunta sugerida por su compañera, Isidora Duncan, mientras ordeñaba las aceitunas de una rama de considerables dimensiones que, con los palos de Losange, había caído en la manta sin contemplaciones.
- “Pa chasco que habiera soñao con los angelitos, Irma. Ahora, que no me meao en la cama porque no ha estao de Dio, que, si no, ya veríamos a ve”.
- “¡Qué jaramaga eres, Dacia!, ¡a ve qué va se eso de mearte en la cama con lo grande que eres!”, metió baza Rosa, la del Morro, intercalando sus palabras con unas flamantes risotadas, muy expansivas que, porque los aceituneros de los olivares aledaños estaban muy retirados, que, si no, probabablemente, se las hubiera contagiado y veríamos a ver si todavía no se seguirían riendo.
- “A mí las acitunas me dejan esgualdramamillaíta, asín que, na más llegá a casa, arrociné con to, me enjarbegué un zaliquete de pan con chorizo y me fui a la cama y, cuando ya estaba de siete sueños me entraron unas ganas mu grandes de meá, mira tú qué mala suerte, asín que, como la que no quiere la cosa, me aparrané en la bacinetilla y, ¡hala, a meá se ha dicho!, pero, no sé por qué, en ese momento, ¡zas!, abrí los ojos... y, na, que fallé el tiro; el cobertó apareció hecho un rebordrujo que pa qué y, yo, con la cabeza pinchá en el colchón como la que está a da una gorchoreta. Pero, de está sentá con el medio culo dentro de la bacineta ni hablá del peluquín, asín que, menos mal que no me dio por meá, que si no, lo pongo to como la mataura de una mula falsa”.
- “Ja, ja, ja, ja, ja”... fue la respuesta de toda la cuadrilla.
- “No os riáis, que os via rodeá la cara, que pa mí, la cosa tiene mu poca gracia”, saltó la propia Dacia, conteniendo también la risa.
- “Pos hija, na, que no atina una ni a meá en la calabaza, ¿no es eso?”, saltó diciendo Regina, que por poco no se atoró del reotrío tan fuera de campana que pegó, seguramente, de tanto reír con la boca completamente esquijarada.
- “Dacia, ¿a que no das pie con bola de por qué estuviste esta noche que si me meo que si no me meo en la cama?”, se hizo la que todo lo sabe Emiliana Ronquillo.
- “Ahora mismo no caigo”, le replicó Dacia, como la que se puso a mirar cómo mueve el gato la cola.
- “¡Qué mameluca eres, hija!, por qué va a ser, porque anoche atizaste la lumbre”, se figuró Emiliana Ronquillo, que tal y como lo había pensado se lo soltó.
- “Mira con lo que te sale ahora la niña, ¡menúo condeclaro!”, se defendió Dacia.
- “Pos a mí me dice mi madre; ¡niña deja ya el soplillo y de atizá la lumbre que te vas a meá en la cama!”,
- “Y una ñorda que tú te comas”, apostilló Dacia.
A Regina se le viene después a la cabeza con absoluta nitidez aquella tarde desapacible en la que soplaba montaña abajo un viento del norte, fresco, racheado y cargado de humedad, verdaderamente insufrible, en la que, al bajar por el irrefragable pedregal del puerto, Rosicler, aquella chica que de pequeña tuvo la desgracia de padecer en carne propia el embate despiadado de la viruela que le dejó la cara picadita de hoyuelos e irregularidades, rompió el silencio reinante para decir:
- “Estoy arringá”
- “Pues, no te vayas a creé, que yo tampoco estoy pa sones”, replicó Irma la Dulce, o, mejor dicho, Indalecia, que, como apanda motes a porrillo, lo mismo se acierta llamándola de una manera que de otra.
- “Lo malo es que yo esta noche tendré que comer tronchos de jara”, volvió a la carga Rosicler.
- “¡Con la olleta de lomo en pringue que tengo yo de la matanza, vas a comer tú tronchos de jara!, ¡vamos anda!”, se adelantó Laorina que tenía un corazón que no le cabía en el presbiterio de la iglesia.
- “¿Y, en qué se os han ido las perras, jamía?, saltó Regina, atenta a la conversación y a los nubarrones negros que se iban plantando en lo alto del castillo.
- “En una jáquima de cuero y en una sobrejalma”.
- “¿Y, qué habís hecho con las viejas?”, masculló Regina de nuevo.
- “Na, que en un descuido se las ha comío la guarra”.
- “Andacondio, con la marrana, qué mal enseñá la tiene tu padre”, razonó Rosa la del Morro.
- “No, mujé, pero si mi padre es mu apañao pa to, y pa los gorrinos más, no ves tú que de chiquinino se salió de la escuela pa guardarle los guarros a don Andrés Hermoso; a ve si asín le daban unas perrillas o le metían en el zurrón un mendrugo de pan y un zaliquete de tocino; el desaguisao fue porque la guarra está ya que estrumpe de tantas arrobas como ha ganao, con decirte que las tetas le arrastran por el suelo te lo he dicho to, la cosa es que le dio un culetazo a la cochiquera que pa qué y de resultas echó la puerta abajo y, como a este ganao no se le pone na por delante, al ver la jáquima no se le pasó na mejor por la cabeza namás que comérsela, total que se la zampó en un periquete”, explicó Rosicler.
- “Pues, anda, que el gustillo que van a tomá las morcillas de vientre, total es na”, le dio por decir ahora a Isidora Duncan.
Mientras que Regina hacía por recordar el discurrir de aquella conversación el gallo de rojo plumaje le hacía la rosca a las gallinas abriendo en abanico sus alas alternativamente; la paz del corral se tornó en algarabía incontenible, al instante, las gallinas se sumaron al alboroto interpretando melodiosos cacareos solo al alcance de animales de su especie que se sintieran queridos de verdad; hasta entonces se habían mostrado ensimismadas y pensativas, atentas exclusivamente a lo que su naturaleza de aves alicortas les solicitaba: desparramar la tierra pensando en las musarañas, escarbuchear el barro y picotear a troche y moche por si daban con algún gusano melifluo y despistado, una lombriz pasajera o, quién sabe, si no, con alguna hormiga culona o, incluso, aunque sea bastante improbable, con algún huevo de araña huero, para zampárselos en un ¡ay!, sin atinar siquiera a echarle antes sus bendiciones y reverencias; pero, las gallinas se las gastan así o, al menos las de Regina y, en cuanto que el gallo salió por aquel tenor, se sacudieron la modorra y, organizaron una zambra parecida a la que armaron la vez que vieron a Panchita disfrazada de zorra de gallinero.
Cuando las aguas se remansaron, Regina retomó la charla que mantuvieron aquel día bajando el puerto, que poco a poco se iba diluyendo ante la amenaza inminente de una tormenta, sin embargo, recordó que Laorina tuvo todavía algo que decir:
- “Dende que he escuchao a Indalecia mantrao un jormiguillo que me reconcome por aquí endrento, amo que, aunque la guarra habiera dao cuenta no de una, sino de dos jáquimas, cuando te enjarbegue el jamón te va a relamé el hocico de gusto, que te lo digo yo, o si no, ya verá, como sí”.
- “Más valiera qu´andaras haciendo la vainica pal ajuar, Irma, y no metiendo el miedo en el cuerpo a la pobre Rosicler, pero tú no te apoquines, muje, pues anda que no arrocinan na esos bichos, ¿no has escuchao decí a naiden que son escapaces de apregollá con to lo que se topan?, pero si no le hacen escarrapucias a na, velaquí cómo no serán pa sus cosas que no dejan patrás ni a las ratas muertas y, con los alicantes, tres cuartos de lo mismo, no te vayas a pensá que no, que los gorrinos asín comieran confroncio con patas de peces, ten por cierto, que lo mismo los jamones que, las mondongas que el espinazo, un suponer, tendrían un comer como si se habieran enjarbegao las bellotas a espuertas, pues anda que no son naiden ni na los amigos”, dijo Rosa, la del Morro, insistiendo en las apreciaciones de Laorina.
- “Agárrate a la tamuja que viene Peloche aventao”, apostilló Regina al presentir que las primeras gotas no tardarían mucho en asomar.
En ese momento entra en casa como un relámpago Calderita, la hija chica de Regina, gritando:
- ¿Mama, ¿qué hay pa comé?
- ¡Títeres, qué va habé, sardinas de cuba!
- Mama, estaba jugando a los piruelos con Encarnita y ma puesto el babero que pa qué.
- ¿Cuál, el de los pergandeles?
- ¡Sí!...
- Como vaya p´allá te voy a poné el culo como un tomate.



